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Ceremonia de Premiación a los Ganadores del Concurso de Anécdotas Policiales IPA-SP

QUINTO PUESTO

GILA CALATA AGITA EL MÍSTI
POR CULPA DEL ALCALDE

Por lic.iur. Javier Gamero Kinosita, LL.M.
                                                                                                          
Dentro de los múltiples y nítidos recuerdos que dimanan del ejercicio de la profesión policial y que  todos los oficiales de policía conservamos en la memoria y atesoramos como un cofre de joyas guardadas, quiero extraer y  relatar una anécdota, que espero cobre dimensiones pedagógicas, sobre una intervención policial en un acontecimiento singular, acaecido en la ciudad de  Arequipa hacia inicios de los años 80 y protagonizado por su burgomaestre.

Sucumbiendo a los envites y embates de la concupiscencia y en el afán de desahogar sus apremios sexuales, las trapisondas braguetiles del entonces alcalde provincial de Arequipa  alteraron el orden y la tranquilidad pública de la ciudad, dando lugar a un suceso policial  que motivó que apareciera publicado en la primera página del diario “El Pueblo” un artículo titulado “Gila calata agita el Místi por culpa del Alcalde”,  estremeciendo  semejante primicia a la moralista y muy devota  población arequipeña, desasosegándo con ello la quietud de su volcán, el majestuoso Místi  y  de su serena, reposada y  verde campiña, ambos íconos emblemáticos del orgullo de la apacible ciudad.

Ejerciendo yo el cargo de oficial jefe de sección de la Compañía de Radio Patrulla de la 14 Comandancia de la GC con el grado de alférez, solicitan por radio la inmediata presencia del oficial jefe de patrullaje motorizado en una calle del centro de la ciudad. Una vez  en el lugar de los hechos, constato in fraganti en plena vía pública a una joven mujer completamente desnuda forcejeando con un individuo, en ropas interiores y con visíbles síntomas de ebriedad,  tratando de zafarse de su asedio. Si bien es cierto que la presencia perturbadora de aquella muchacha desvestida atrajo la atención de los transeúntes, las miradas se centraron más en aquel individuo embriagado y alterado que protagonizaba, a plena luz del día, ese espectáculo de plebeya vulgaridad; se trataba nada menos que del alcalde de la ciudad.

Al verme la aterrorizada mujer  se abalanzó inmediatamente sobre mí  tratando de librarse del acoso del burgomaestre y pidiendo protección y ayuda. Al tratar de apaciguar al alcalde, éste me rogó “encarecidamente” que pasemos a su casa, a sólo unos metros del lugar del incidente para explicarme lo sucedido y evitar un escándalo público mayúsculo, petición que desde luego fue concedida por mi parte. Ya en el interior de su domicilio, en un ambiente palaciego y fastuoso,  me refirió que sólo se trataba de una “cita galante” con una muchacha de costumbres ligeras, una simple aventura ardiente y turbulenta. La ultrajada mujer, todavía presa del pánico, desvirtuó sus imputaciones mostrándome escoriaciones en su cuerpo denunciándole de perversión sexual y acusándole de tratar de obtener el placer erótico a fuerza de golpes y refiriéndole en plena paliza, que prefería a las mujeres forzadas, las que se le resistían, encontrando placer  en la humillación y gozo en la extrema violencia.

Al indicarle al alcalde que yo tenía  que recepcionar la denuncia y dirigirnos con la agraviada a la comisaría para redactar el parte policial objeto de la intervención, éste se tornó irreverente y agresivo, vociferando con prepotencia, lanzando diatribas feroces con adjetivos de grueso calibre contra mi persona y contra la institución que yo representaba, exigiéndome que me retirase de inmediato de su domicilio bajo amenaza de gestionar mi cambio de destino a Puno (ciudad que ha sido siempre considerada en nuestro país, como una zona de castigo por la inclemencia de su clima y la extrema pobreza que reina en la región)  y que sólo le bastaba para ello  hacer una llamada telefónica al general jefe de la tercera región policial  o al Ministerio del Interior en Lima. Además, me reprochó que si no me iba inmediatamente, me denunciaría por la desaparición de un reloj de oro al haber allanado por la fuerza su morada.
La mezquina sordidez, las abyectas calumnias e injurias y la inmoralidad; de quién se supone ser depositario de la sostenibilidad moral pública; habían calado hondo en mí, al subestimarse no sólo la sagrada misión policial sino mancillando el honor de la institución; era necesario   actuar con autoridad, decisión  y firmeza para restablecer el orden y defender los fueros institucionales. Facilité sagázmente la salida de la magullada muchacha del inmueble y al salir el alcalde a la calle tras ella, procedo a detenerlo y conducirlo a la comisaría, prolongando la intervención policial en la vía pública a la espera de la llegada de los medios de comunicación alertados. La prensa puede ser una gran aliada de la policía, ya que ella también investiga, esclarece, denuncia y acusa en el ejercicio de su función, ella está siempre atenta y vigilante y constituye de alguna manera los ojos y oídos de la sociedad al mantener a la opinión pública permanentemente informada.   

El alcalde detenido llegó a la comisaría con un talante soberbio exigiendo  la presencia del mayor comisario para denunciarme por allanamiento de domicilio, agresión y robo de un reloj de oro. Permanecí impasible y con la más exquisita urbanidad y disciplina  inicié la redacción del parte policial poniéndole a disposición en calidad de detenido. El burgomaestre, al no lograr persuadirme con sus amenazas, cambió de actitud, como un camaleón,  dirigiéndose a mí con docilidad y mansedumbre, suplicándome que no continuara, que  iba a perjudicar su impecable carrera política y arruinar su reputación, ofreciendo a cambio compensarme con mercedes y favores y que, con sus contactos podría trenzar con él una provechosa relación para el futuro. Mi determinación era inclaudicable. Ceder hubiera significado una abdicación moral, amputar mi conciencia y traicionarme  a mí mismo y a la  sociedad.

El alcalde permaneció sólo breve tiempo detenido; no sin antes denunciarme por allanamiento de domicilio, agresión y robo de su reloj de oro. A los pocos minutos de su detención habían llegado mis superiores,  el mayor comisario y el coronel jefe de la 14 CGC,  quienes dispusieron que mi parte policial se asentara sin variación alguna en el Libro de Ocurrencias Policiales Reservadas y  ordenaron la inmediata  libertad de la autoridad detenida. La denuncia siguió su curso con la discresión y reservas del caso.

Los intentos del burgomaestre de gestionar posteriormente mi cambio de colocación a la ciudad de Puno, se fueron desvaneciendo como las cascadas de agua de los espejísmos, habida cuenta que nuestro general jefe de la tercera región policial, supo defender con férrea lealtad, el principio de autoridad de la policía, haciendo frente con aplomo a las presiones políticas provenientes del Ministerio del Interior en Lima y obligando además al alcalde a retirar sus infames y amañados cargos. Desde  entonces la relación entre el general jefe de la  tercera región policial  y el alcalde de la ciudad  se tornó tensa y distante.

Esta anécdota proporciona una visión crítica de la realidad política y social del país y constituye una muestra liliputiense del cierto quijotismo social y político del que está revestido  el quehacer noble y patriótico de la función  policial. A veces, en el cumplimiento del deber, se tiene que hacer frente a la estulticia de las autoridades y lidiar contra los molinos de viento del poder social y de la política. Pero nuestra profesión es un sacerdocio que nos exige ser dignos de ella, la profesión de policía tiene valores más elevados y  no debe admitir jamás camisas de fuerza, pusilanimidad profesional ni reblandecimiento moral alguno. Con esta anécdota pretendo derribar las murallas del olvido. A veces es necesario hurgar en el pasado.  Esta anécdota es parte de la historia policial y no olvidemos que la historia tiene moral y en cierto modo ella alecciona. Allí contemplaremos el pasado de esplendor de la policía peruana  y comprobaremos a través de su vasto y cotidiano accionar la grandeza de su honor, divisa de la institución.

 Por Pedro Alva Pastor (pseudónimo)

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